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Premio Nobel para un taxista | La proteína verde fluorescente GFP

Una mañana de Octubre de 2008, Douglas Prasher conducía el taxi del concesionario para el que trabajaba. Mientras llevaba a unos clientes hasta su destino, encendió la radio para escuchar las noticias. El locutor anunciaba que se habían decidido los ganadores del Premio Nobel del Química por el descubrimiento de la proteína verde flourescente.

Sin perder la vista de la carretera, Douglas lamentó que aquel premio podía haber sido para él.

Aequorea4A medidos de los años 50, el científico japonés Osamu Shimomura descubrió una proteína en los moluscos que fuera del animal era 37.000 veces más brillante. Tras una década de estudios, en los que analizó la Aequorea victoria, un tipo de medusa con características luminosas, descubrió la Proteina Verde Fluorescente o GFP, una proteína capaz de absorber y emitir luz cuando es excitada por luz ultravioleta o luz azul, sin necesidad de aditivos con los que hacer reacción, como el resto de proteínas bioluminiscentes encontradas hasta ese momento.

La GFP es azul-verdosa bajo la luz del Sol. De un color verde-amarillento bajo la luz de una lámapara. Y de un intenso verde fluorescente bajo la luz UltraVioleta.

Por eso esta clase de medusa tiene ese color tan característico. La medusa libera iones de calcio que producen la emisión de luz azul por parte de la aequorina, otra proteína. Y esa luz azul ilumina la GFP, que la absorbe y produce luz verde fluorescente.

Sin embargo, el potencial que la GFP para otras aplicaciones no había sido reconocido hasta 1987, cuando Douglas Prasher retomó el estudio.

Prasher había sido biólogo molecular mucho antes de conducir el taxi. A principios de los años 90 descubrió y aisló el gen de la medusa que codificaba la proteína verde, cuando trabajaba en la Institución Oceanográfica de Woods Hole. Gracias al potencial que este descubrimiento tenía, la Sociedad Americana contra el Cáncer financió sus estudios durante dos años, en los que Prasher y su equipo tuvieron tiempo para aislar el gen, pero no para desarrollar sus aplicaciones.

Cuando la financiación terminó, Prasher no pudo encontrar un método viable para continuar la investigación y tuvo que abandonar el proyecto. Los científicos Martin Chalfie y Roger Tsien contactaron con él de forma independiente para conocer sus avances y Prasher compartió con ellos todo lo que sabía. Si él no podía continuar la investigación, al menos que otros lo hicieran.

prasher600Mientras, buscó trabajo en otras investigaciones, pero no le resultaban estimulantes y terminaba abandonándolas. A su vez, puso en marcha otros estudios, pero también terminaron fugazmente debido a la financiación. En aquel momento, Prasher tenía tres hijos pequeños estudiando en el colegio, y no quería seguir cambiando su residencia cada pocos meses por culpa de su trabajo. Después de un año laboral perdido y tras superar una fuerte depresión, surgió la posibilidad de trabajar como taxista de un coche de cortesía en un concesionario de Huntsville, por 8’50 dólares/hora.

Y allí en el taxi, año y medio después recibió la invitación de sus colegas para asistir a la ceremonia de los Premios Nobel como invitado de los premiados. Aceptó, pues no estaba molesto con sus compañeros. A fin de cuentas, Prasher cree que hubiese sido injusto quitarle el premio a cualquiera de ellos, porque él se rindió cuando surgieron los problemas, y aquel era un reconocimiento a la perseverancia.

Sin embargo, gracias a que sus compañeros reconocieron su mérito en el descubrimiento, Prasher recibió algunas ofertas para volver a la ciencia.

Y así, a los 61 años volvió para trabajar en el laboratorio de Tsien, uno de los investigadores galardonados, en la Universidad de California en San Diego.

Gracias a las investigaciones de Prasher, las proteínas fluorescentes de varios colores con propiedades de la GFP comenzaron a utilizares para hacer brillar células nerviosas del cerebro de los ratones y así poder estudiar por partes su compleja red neuronal. ¡Y eso sólo era el comienzo! Actualmente, la GFP permite ver procesos que hasta el momento eran invisibles, como el desarrollo de neuronas, cómo se diseminan las células cancerosas, el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer, el crecimiento de bacterias patogénicas o la proliferación del virus del SIDA.

Y es que, aunque ya fuese en el laboratorio o en un taxi, Prasher nunca dejó de buscar luz verde.

*Te recomendamos ver la historia completa haciendo click sobre el vídeo

 

Fuentes consultadas:

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